El desafío de construir una universidad feminista

A cien años de la reforma universitaria, las mujeres graduadas universitarias son mayoría respecto de los varones profesionales en la Argentina. Según datos del censo 2010, la cantidad de mujeres profesionales se duplicó en una década y alcanza al 58% de quienes se gradúan. Esta feminización de la matrícula expresa en la educación superior universitaria el enorme avance en el siglo XX en los derechos humanos de las mujeres con las conquistas ciudadanas como el derecho al voto y la representación política, laborales y sindicales, a la propiedad, sexuales y reproductivos, de responsabilidad sobre hijos.

Hubo mujeres pioneras en el acceso a la educación universitaria, a profesiones tradicionalmente masculinas y a lugares de representación en el gobierno universitario. En la Universidad de Córdoba de la reforma universitaria de 1918 ya se habían graduado 87 mujeres, todas en la Facultad de Ciencias Médicas y 75 como parteras, un oficio que ejercían las mujeres desde hace siglos. Recién en la cohorte de1924 se graduó la primera mujer en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. En Ciencias Exactas el universo estudiantil será exclusivamente masculino hasta los años cuarenta.

Si contrastamos la universidad argentina de hace cien años con la de hoy, es indudable que las mujeres entramos a la universidad. Hemos ido corriendo mucho el horizonte de posibilidad. Sin embargo, no tenemos una universidad feminista. La inclusión de las mujeres y las sexualidades disidentes como estudiantes, graduades, docentes y no docentes en la universidad no se tradujo aún en la transformación de un statu quo que sigue perpetuando diferencias desigualadas. La universidad feminista es un desafío en el siglo de las mujeres, que dialoga y se recrea en una mirada más amplia de los géneros y las identidades de cara a la construcción de un mundo más justo donde quepan muchos mundos posibles.

¿Cómo se expresa en el cotidiano del mundo universitario la asimetría que sigue jerarquizando al varón, blanco, eurocéntrico, heterosexual y de clase media o alta? ¿A quiénes y qué leemos, qué conocimiento construimos, quién tiene la palabra, quiénes los lugares de representación y poder? El canon, la mayoría de les rectores, ciencias duras, tecnología e informática, escenarios y congresos siguen siendo muy mayoritariamente masculinos. Las mujeres seguimos estadísticamente ocupando tres cuartas partes del tiempo en las tareas del cuidado y no existen casi espacios en la universidad para el cuidado de niñes. No se promueve romper con las vocaciones y las profesiones que reproducen la división sexual del trabajo. No hay o no se aplican en casi ninguna facultad protocolos para prevenir y actuar en casos de violencia de géneros, mientras nos acosan y abusan y discriminan. No hay Educación Sexual Integral en la formación de profesores universitaries.

No está la universidad en las leyes de ESI ni la ESI en la ley de educación superior. Los textos de las escritoras no están en los programas, sino en una sección de la librería con el adjetivo «femenina»: literatura femenina, rama femenina. Vamos por reconocimiento y redistribución. No queremos ser una rama sino parte del árbol entero. Tomar el poder. Compartirlo. Trazar alianzas, el feminismo interpelado por lo queer. Construir poder desde una mirada contrahegemónica. El desafío de este siglo es la construcción de una universidad popular y feminista. Que la universidad se pinte de negre, indie, obrere, y de mujer.

La autora es educadora y feminista. Maestra, licenciada y profesora en Letras (UBA). Integrante del Parlamento de las Mujeres de la Legislatura porteña y del Frente por la ESI. Directora de Proyectos del Consejo Económico y Social (CABA).

Fuente: Infobae