Los demonios al infierno, los ángeles al cielo

Humberto Tumini / Nacional
Por Humberto Tumini / Nacional agosto 22, 2018 20:37

Los demonios al infierno, los ángeles al cielo

Acerca de la historia nuestra:

Los demonios al infierno, los ángeles al cielo

Hace cuatro décadas atrás éramos nosotros ángeles y ellos los opresores de la patria. Yo viví aquel 22 de agosto donde nacieron 16 rosas rojas en Trelew.

También estuve, allí, ese 25 de mayo del ’73, en que el pueblo abrió las puertas de las prisiones para abrazarnos. Hablé luego con la gente de a pie, común y corriente, con mis amigos que hacía un par de años no me veían, con mis compañeros de colegio. Se como me cobijaron, a mí, que salía de la cárcel; el afecto que me dieron. No solo por haber estado tras las rejas, sino especialmente por haber arriesgado el pellejo para que se fueran -por la puerta de atrás- esos tipos que habían pisoteado la nación con pesados borceguíes. Como graficó el curita Núñez en la catedral de Corrientes.

Muy pocos años después ya no fuimos más ángeles para unos cuantos; y para algunos hasta nos transformamos en demonios. Y entonces ellos volvieron, volvieron de sirvientes de los dueños de todo, como siempre desde que uno recuerde.
Pero esa vez fue distinto, hasta se creyeron amos de la vida o la muerte de sus compatriotas, de su libertad y de sus bienes. Y para mi amargura, no fueron tan mal vistos; al menos no todos los miraron torcido. No faltarían incluso los que, de buena fe, le vieran porte de soldado patrio a alguno de ellos, hombría de bien a otros, o simplemente majestuosidad. Como se había nublado la visión y la razón! Seguramente nuestros desaciertos, sus perversas habilidades, y el miedo, el miedo, hicieron lo suyo para producir semejante vuelco. Tiempos difíciles esos, difíciles de explicar.

Pero la historia no se detuvo allí. Nunca lo hace, es veleidosa pero camina y camina. La soberbia de los que creían ser casi dioses, su desprecio por la condición humana, el pensarse impunes y estar por encima del bien y del mal, hizo lo suyo. El sordo rechazo volvió, como tantas veces antes, a crecer y crecer. Terminó como un alud -allí donde dieron un mal paso- desmoronándolos; para su sorpresa y desgracia, para mi alegría y la de tantos y tantas. El temor fue cediendo, reapareció la dignidad y se agigantó, primero lenta y luego más rápidamente. El final de todo ello fue que, con absoluta justicia, volvieron -10 años después- a ser prácticamente lo que siempre fueron: un demonio. Por salvajes, entre muchas otras pústulas.

Pero la cobardía de nuestra dirigencia tradicional buscó compensar esa condena social. Medroso dedo levantaron para decir -a nosotros referido- que también éramos los culpables de lo sucedido. Son lo mismo sostuvieron, interesadamente, para echar un nuevo manto de dudas sobre la historia argentina; buscando mezclar a los que avasallaron la nación con los que la defendimos. Y así nació, falaz, la teoría de “los dos demonios” de los años ochenta. Brotó de los susurros de los responsables de la larga noche en los oídos de los pusilánimes que llegaban en su reemplazo.

Yo la viví también, de la cárcel salí en medio de ella. Un nudo en el pecho se me hacía cuando las madres y padres -pobrecitos- de mis amigos muertos me miraban como diciéndome: ¿porqué hicieron eso? Yo sé lo difícil que era explicarles. Lo terrible que hasta en alguno de ellos -pobrecitos repito- hubiera prendido la duda de si éramos lo mismo.

Pero tampoco allí se estacionó la vida, que nunca se congela por demasiado tiempo. Pasaron los años, una tras otro. No hubo maniobra que fructificase. Memoria, Verdad y Justicia, banderas inconmovibles. Así se conocieron cada vez más los crímenes, las iniquidades y bajezas de los verdugos. La pesada losa de condena ciudadana terminó de recaer sobre ellos, y se hizo ilevantable. Nada ni nadie los podrá ya sacar del infierno. Generaciones y generaciones de argentinos y argentinas los pondrán una y otra vez como el ejemplo de lo que nunca más deberá suceder en este suelo.

No obstante, nos queda otra batalla por ganar. Si, otra, tan importante y tan difícil como aquella que ya ganamos: volver a poner a los ángeles en el lugar de los ángeles. ¿Vamos acaso a permitir que los que casi siempre han escrito nuestra historia -porque, se sabe, la escriben los que ganan- logren de nuevo ubicar a los buenos en el lugar de los villanos? ¿Dejaremos que reiteren lo que al riojano General, don Angel Vicente Peñaloza, le hicieron, haciendo creer durante más de cien años que su cabeza clavada en una pica militar en la plaza de Olta, allí estaba por malhechor y no por patriota?

¿Cómo se los llama en todo tiempo y lugar a aquellos que ofrecieron su juventud, su libertad, su vida, la seguridad de su familia, sin ningún interés personal, solo por tener un país y una sociedad mejor? Angeles, así se los llama, y en el cielo de la patria se los pone.

Aunque este gobierno amigo de los bárbaros trabaje para impedirlo, no podrá. Aunque los reaccionarios y sus lenguaraces -bien pagos- zapateen pondremos la historia del derecho, para bien de los que vendrán.

Humberto Tumini

22/8/2008


Humberto Tumini / Nacional
Por Humberto Tumini / Nacional agosto 22, 2018 20:37