El laberinto económico de Trump. Por R. Arriazu

El reciente triunfo electoral de Donald Trump sorprendió a la mayoría de los analistas, entusiasmó a algunos sectores económicos en decadencia, incrementó la volatilidad en los mercados, llenó de temores a países emergentes y acentuó la incertidumbre sobre las próximas elecciones en Europa. Su discurso populista, proteccionista, sexista y xenófobo llenó de ira a vastos sectores de la sociedad, pero logró atraer a otros.

¿Quiénes votaron por Trump? Las encuestas previas mostraban que sus partidarios eran mayoritariamente estadounidenses nativos, varones, blancos, mayores de 65 años de edad, sin educación universitaria, residentes en poblaciones rurales en el sur y medio-oeste del país, de ideología conservadora y profundamente religiosos (comúnmente denominados “WASP” por sus siglas en inglés de “blanco, anglosajón y protestante”). Trump supo interpretar el descontento de estos sectores – ubicados en el centro geográfico del país — y los atrajo con un discurso efectista –aunque superficial -, basado en echarles la culpa a determinados grupos (inmigrantes y burócratas en Washington) y políticas (importaciones chinas y mexicanas).

Trump perdió en todas las ciudades de más de un millón de habitantes y en la mayoría de los estados costeros -los de mayor nivel de ingreso-, pero ganó por amplio margen en gran parte de los poblados rurales, donde residen votantes de antiguas ciudades industriales y mineras que fueron perdiendo importancia relativa. Esta realidad es comparable con la que permitió el triunfo del Brexit en el Reino Unido y, seguramente, dominará las próximas elecciones europeas.

La globalización y los cambios económicos estructurales definen jugadores “ganadores” y “perdedores”. A estos últimos muchas veces les cuesta reincorporarse en el nuevo mercado laboral por falta de capacitación, antiguo fenómeno que se acentuó con la Revolución Industrial.

Los cambios que ocurrieron en la estructura productiva y en la distribución del ingreso en Estados Unidos desde la posguerra muestran con claridad esta tendencia. Entre 1947 y 2015, la participación de la agricultura en la economía de ese país bajó del 8% al 1%, mientras que la industria manufacturera redujo la suya del 25% al 12%, y la minería no petrolera del 1,3% al 0,4%. Por su parte, el empleo en el sector manufacturero cayó del 33% al 8% del empleo total. Cabe mencionarse que las bajas de las participaciones no implican caídas en los niveles de actividad, sino que crecieron a un menor ritmo que el resto de la economía. La contracara de estos rubros tradicionales es la creciente participación de los sectores informáticos, financieros, inmobiliarios, profesionales, educativos, de la salud y del ocio. Estas tendencias son el resultado de los avances tecnológicos, que permiten producir más bienes con menos recursos, y del envejecimiento, que genera cambias de hábitos y necesidades.

El descontento de las personas que votaron a Trump también se puede entender si se analiza la distribución del ingreso dentro de cada sector económico. Si bien la participación de la remuneración a los trabajadores en el PBI bajó marginalmente para el conjunto de la economía (del 56% al 54% entre 1987 y 2015), la caída fue muy superior en la industria manufacturera (del 63,7% al 47,2%) y en la minería no petrolera (del 64,1% al 27,2%). En los sectores expansivos de la economía, la dinámica fue exactamente la opuesta.

Trump captó correctamente estas tendencias, pero su diagnóstico sobre las causas que las generaron es erróneo. La menor participación del sector manufacturero se explica más por la baja relativa (y, en algunos períodos, absoluta) de sus precios que por una caída de los niveles de actividad, mientras que la baja del empleo está asociada a los cambios tecnológicos que permiten producir más bienes con menos mano de obra. La mayoría de los trabajadores desplazados encontraron trabajo en los sectores más dinámicos (de allí la baja tasa de desempleo), pero en muchas pequeñas ciudades esto no ocurrió. Paradójicamente, el incremento de las importaciones desde China y el acuerdo de libre comercio con México y Canadá coinciden con el momento en que la producción de la industria manufacturera creció más que los restantes sectores (1991-2007).

Los datos de desempleo no son decisivos para explicar las razones del enojo de los votantes de Trump, porque si bien el desempleo en el sector de las manufacturas es superior al del promedio de la economía, las tasas de desempleo global no son mayores en los estados y ciudades en las que triunfó.

Las propuestas económicas lanzadas durante la campaña pueden contribuir a expandir la demanda en el corto plazo, pero son muy peligrosas en una economía que se encuentra cerca del pleno empleo y con incipientes presiones salariales e inflacionarias (que podrían profundizarse si se deporta a 3 millones de indocumentados). La implementación de políticas proteccionistas puede también desatar una guerra comercial y de monedas de alcances imprevisibles; la experiencia de la década de 1930 es ilustrativa al respecto. Este contexto sería claramente desfavorable para nuestro país.

Ricardo Arriazu es economista

Publicado en: http://www.clarin.com/opinion/laberinto-economico-Trump_0_1690031108.html

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