El neoliberalismo del siglo XXI. Por José Natanson y Ariel Wilkis.

Libres del Sur
Por Libres del Sur noviembre 21, 2018 11:31

El neoliberalismo del siglo XXI. Por José Natanson y Ariel Wilkis.

El neoliberalismo del siglo XXI

Por José Natanson y Ariel Wilkis

Desde hace cuatro décadas, cuando irrumpió en la escena política global para reorganizar radicalmente el orden de la posguerra, primero en Chile, Estados Unidos y Gran Bretaña y luego en buena parte del planeta, el neoliberalismo se muestra cambiante, resistente, adaptativo. Mil veces lo dieron por muerto y otras tantas se levantó: la crisis financiera que estalló en 2008, que por primera vez en décadas comenzaba en el Norte para desde allí propagarse al resto del planeta, pareció condenarlo una vez más a la desaparición, pero una vez más el neoliberalismo logró sobrevivir.

Una de las claves que explican esta asombrosa sobrevida es su capacidad de ensayar múltiples fórmulas para reconstruir sociedades cuya institución principal sea el mercado. A lo largo de su breve (en términos históricos) período de hegemonía, el neoliberalismo ha demostrado que es lo suficientemente plástico como para apoyarse en propuestas democráticas de gobierno: las revoluciones conservadores de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los 80, así como los gobiernos de la reforma estructural en la América Latina de los 90, con Carlos Menem, Fernando Henrique Cardoso y Alberto Fujimori como máximas expresiones, no fueron resultado de golpes de Estado sino de la voluntad de sus respectivas sociedades, que soberanamente se inclinaban por este neoliberalismo popular y de masas.

Pero el neoliberalismo se acomoda también a liderazgos autoritarios: de hecho, la primera experiencia concreta fue el Chile de Augusto Pinochet, que inauguró la fórmula de neoliberalismo económico con autoritarismo político que luego se replicaría en Argentina. Y hay también modelos híbridos, como el fujimorismo pos-autogolpe y quizás el gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil. En suma, contra lo que predicaban los teólogos liberales de la transición en la América Latina de los 80 y 90, que concebían a la apertura democrática y las reformas pro mercado como partes de un todo indivisible, el neoliberalismo es capaz de convivir perfectamente con las dictaduras más sangrientas.

Pero no solo eso. Así como se apoya en diferentes tipos de régimen político, el neoliberalismo también admite diferentes proyectos culturales. Puede contener un conservadurismo extremo al estilo de Pinochet o Bolsonaro, en alianza más o menos explícita con la Iglesia Católica o los pastores pentecostales; puede sintonizar con posiciones xenófobas que reivindican fronteras y muros para los migrantes mientras impulsan la apertura total de los capitales, como en el caso de Donald Trump o las diversas variantes de la extrema derecha europea. Y puede ofrecer también una cara abierta, tolerante y juvenil: es lo que Nancy Fraser define como “neoliberalismo progresista” (1), una alianza entre los nuevos movimientos sociales (feministas, multiculturalistas y de defensa de los derechos de los minorías sexuales) y el poder económico de las finanzas: la coalición social clintoniana, que combinó a los afros y latinos con el poder de Wall Street y el glamour emprendedor de Silicon Valley, o la propuesta de Emmanuel Macron de tomar la derecha de la izquierda y la izquierda de la derecha para formar un nuevo “centro liberal”, son ejemplos de estos ensayos, que confirman una intuición básica: el neoliberalismo está dispuesto a resignar todo salvo el mercado.

Paradojas argentinas

La experiencia argentina reciente arroja dos paradojas. En primer lugar, los gobiernos kirchneristas desplegaron un conjunto de políticas orientadas a recuperar cierto rol regulatorio del Estado en la economía, desde la estatización de las jubilaciones, YPF y Aerolíneas hasta las más folklóricas políticas de control de precios y restricciones a la compra de dólares, todo bajo un discurso anti-mercado que identificaba a las políticas aperturistas y desreguladoras de los 90 como el origen de buena parte de nuestros males.

Pero al mismo tiempo contribuyeron fabulosamente a expandir el mercado. Durante sus tres gestiones, el aparato estatal, que al fin y al cabo ocupaba el centro de su discurso, se transformó menos que la infraestructura de crédito y consumo, que se ensanchó y diversificó aceleradamente. Por ejemplo, los hogares con celular pasaron del 60 por ciento a comienzos del ciclo kirchnerista a 88 por ciento en 2013, aquellos con computadora saltaron del 49 al 57 y los que tienen auto del 34 al 38 por ciento. El proceso de financierización fue impactante: la cantidad de cajas de ahorro prácticamente se duplicó entre 2002 y 2013 (2).

Se trata de una de las grandes paradojas del kirchnerismo y una de las fuentes de sus deudas pendientes. Cualquier balance de la década, ganada o perdida, no puede dejar de lado el hecho de que pensó poco al Estado y mucho menos al mercado que contribuyó a crear, en una línea con la histórica dificultad de la izquierda para considerar al mercado como realmente existe y no como una entelequia, lo que luego le impide medir sus consecuencias, comenzando por sus efectos subjetivos en el largo plazo. ¿Es posible reconstruir un proyecto de igualdad y bienestar si se subestiman las consecuencias de un Estado que cambió poco y un mercado que cambió mucho?

En la vereda de enfrente, la segunda paradoja. El macrismo es un gobierno explícitamente market friendly que enfrenta serias dificultades para construir mercados. Si la dictadura aplicó un protoneoliberalismo aperturista y desregulador pero sin privatizaciones y el menemismo emprendió la reforma del Estado enfundado en el overol peronista, la actual administración es más transparente: por la pertenencia social, la inclinación ideológica y los antecedentes profesionales de buena parte de sus responsables –31 por ciento de los funcionarios con rango superior a subsecretario de Estado desempeñaban una posición gerencial en el sector privado en el momento en que fueron convocados al Estado– (3), el macrismo lidera el primer gobierno claramente pro mercado de nuestra historia.

Que al mismo tiempo, increíblemente, le escatima la experiencia de mercado a una parte importante de la sociedad. El macrismo prometió libertad para comprar dólares, pero no garantiza los ingresos suficientes para que los pequeños ahorristas la aprovechen. Propuso la utopía del acceso a la vivienda a través de nuevas modalidades crediticias, pero no logró evitar que la inflación se coma los UVA. Dispuso que el ANSES otorgue créditos a tasa fija para los jubilados y beneficiarios de la AUH, pero el desplome del trabajo informal y la inflación fueron creando serias dificultades para pagarlos y obligando a los sectores populares a recurrir a estrategias desesperadas, como las financieras que cobran tasas del 180 por ciento. En otras palabras, el macrismo tuvo más éxito en proponer la utopía de una sociedad de mercado que en garantizar los beneficios de su realidad.

Bolsonarización

La inclusión de nuevos sectores sociales al mercado es un recurso básico de construcción de legitimidad política. Con sus políticas de pleno empleo, salarios altos y vacaciones, el peronismo de los 40 dio el primer gran paso para acercar a los trabajadores, las clases medias emergentes y los migrantes internos a la experiencia del mercado, lo que se reflejó por ejemplo en el boom de heladeras SIAM, que investigaciones posteriores comprobaron como un hito familiar en la memoria emotiva de las clases populares (4). Más tarde la inclusión al mercado seguiría desempeñando un rol central en la vida política argentina: el auge de la industria nacional durante el desarrollismo, la ampliación a los productos importados en los primeros años de la dictadura, por supuesto el menemismo, que incorporó una serie de productos y servicios propios de la economía globalizada, y finalmente el kirchnerismo, con su explosión de plasmas, motitos y splits.

Recuperemos el comienzo de nuestro argumento antes de concluir. Decíamos que el neoliberalismo es capaz de asumir diferentes formas políticas y congeniar con diversas propuestas culturales en tanto no ponga en riesgo su programa económico principal. En momentos en que el neoliberalismo vuelve a operar como el paradigma que organiza la gestión del gobierno nacional consideramos fundamental volver a analizarlo, para entender qué cambió desde su irrupción en los 80, qué elementos nuevos incorporó y hasta dónde avanzó en la penetración de las subjetividades sociales. Por eso dedicamos al tema este Número Especial de el Dipló, elaborado conjuntamente con el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín, que festeja sus veinte años de vida.

Creemos finalmente que es necesario advertir sobre un riesgo. Frente a la dificultad para garantizar en los hechos el sueño de un mercado para todos que había prometido en la campaña y con el tic tac electoral acelerándose, el macrismo parece cada vez más tentado de seguir la fórmula de Bolsonaro, que combina un programa económico ultraliberal con un autoritarismo social tan ramplón como descarado. Aunque un océano de historia separa a Brasil de Argentina, la política explícita de manos libres a las fuerzas de seguridad de Patricia Bullrich, las declaraciones acerca de la tenencia de armas y la apelación xenófoba del propio presidente sugieren la escena de un gobierno dispuesto a recurrir al atajo del “discurso del orden”, como si los rigores del déficit cero pudieran compensarse con la demagogia de la tolerancia cero. ¿Será ésta la fórmula exacta del nuevo neoliberalismo?

1. Véase la nota de la autora en la contratapa de esta edición.

2. Carla del Cueto y Mariana Luzzi, “Salir a comprar. El consumo y la estructura social en la Argentina reciente”, en Gabriel Kessler (comp.), La sociedad argentina hoy, Siglo XXI, 2015.

3. Observatorio de las elites argentinas, IDAES/UNSAM

4. Natalia Milanesio, Cuando los trabajadores salieron de compras. Nuevos consumidores, publicidad y cambio cultural durante el primer peronismo, Siglo XXI, 2014.

Publicado en: eldiplo.org


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