¿Quién tiró la primera piedra? Por Isaac Rudnik

Isaac Rudnik / Nacional
Por Isaac Rudnik / Nacional diciembre 23, 2017 09:44

¿Quién tiró la primera piedra? Por Isaac Rudnik

El lunes 18 en el momento crítico la policía puso en marcha su protocolo provocación-represión, adelantando pequeños grupos de sus integrantes que salieron por fuera de las vallas y se acercaron peligrosamente a la cabeza de la movilización, lanzando bombas de pintura (paint ball) en uno de los costados y balas de goma en el otro.

Después del escandaloso fracaso de la sesión del jueves 14, el gobierno hizo un nuevo llamamiento a la Cámara de Diputados de la Nación para el pasado lunes 18 a las 14 hs, con el objetivo de sancionar la ley que consagró el recorte a los futuros aumentos previstos por la ley de movilidad, que alcanzaba a las ya magras remuneraciones que vienen recibiendo. Centenares de miles de trabajadores ocupados y desocupados, con empleos registrados, precarios o en negro, jóvenes de los barrios pobres del conurbano bonaerense y de la CABA, de las comunas donde viven sectores medios, amas de casa, estudiantes, profesionales de diferentes rubros, organizados bajo banderas de organizaciones políticas y sociales, o a título personal, se convocaron desde antes del mediodía, para manifestar su rechazo a ese proyecto. Para las 13 una multitud llenaba la mitad de la Plaza frente al Congreso, colmaba la Avenida de Mayo hasta 9 de Julio y las calles laterales como Rivadavia, H. Yrigoyen, Callao, Entre Ríos. Un amplio cerco aislaba el Congreso celosamente custodiado por la policía, que impedía a cualquier persona no identificada traspasar el vallado.

Antes de las 14, hora marcada para el inicio de la sesión de los Diputados, desde las primeras líneas de la movilización en algunos sectores  empujaron las vallas e intentaron avanzar hacia adelante. En otros, la gente se mantuvo cerca pero sin mover las vallas. En ese momento crítico la policía claramente buscó provocar una reacción más fuerte desde los manifestantes, adelantando pequeños grupos que salieron desde los extremos de las vallas y se acercaron peligrosamente a la cabeza de la movilización, lanzando bombas de pintura (paint ball) en uno de los costados y balas de goma en el otro. Cuando intentaron avanzar más, las piedras –que ya habían empezado a volar desde los manifestantes- se hicieron cada vez más nutridas, hasta convertirse en una verdadera lluvia de cascotes que los obligó a retroceder. Esta refriega en medio de la plaza duró casi dos horas. Miles –eran verdaderamente miles, mil, dos mil- de manifestantes de todos los sectores y organizaciones, sociales, políticas, sindicales, participaron dejando el piso alfombrado de estos proyectiles de distintos tamaños. Los policías no se privaban de lanzarlos nuevamente contra los manifestantes, aunque en general permanecieron en actitud pasiva durante ese lapso. La mayoría de los participantes en la movilización permaneció expectante, observando cómo se desarrollaban los hechos, sin retirarse ni rechazar a los que arrojaban piedras [1].

Finalmente llegó la orden de represión, los gases, los carros hidrantes y las balas de goma contra la multitud se impusieron a las piedras. Las columnas se retiraron. Y al igual que el jueves anterior se lanzó la cacería, los gases y las detenciones indiscriminadas, los vehículos de la policía avanzando sobre manifestantes que huyen, las balas de goma que impactan sobre los rostros porque se lanzan apuntando horizontalmente a esa altura, ancianos rociados con gas pimienta, mujeres literalmente abusadas al momento de ser detenidas. Así como también los repudiables ataques a periodistas sean del medio que sean y provengan de donde provengan. Y finalmente la manifestación se dispersó.

Para el gobierno allí hubo un golpe orquestado, que abortó gracias al accionar de la policía. Para algunos funcionarios el golpe tenía como objetivo hacer fracasar nuevamente la sesión, para otros los violentos querían ocupar el parlamento, y para los más apocalípticos estaba todo preparado para derrocar al gobierno. Desde algunos sectores de la oposición al proyecto que se sancionó, la violencia ejercida por los manifestantes contra la policía es absolutamente repudiable e inadmisible, porque creen que los enfrentamientos se iniciaron desde la cabeza de la movilización, suponen que la policía no atacó primero, y solo salió a reprimir después de un largo período de ser agredida. En todos estos análisis, hay una visión por lo menos incompleta de lo que sucedió, ya que un recorrido minucioso por los hechos como el que hacemos aquí (nos llevó unos días reconstruirlos sobre la base de testimonios de gente que los presenció en directo), demuestra claramente que el plan orquestado vino desde el gobierno, que montó un operativo en el que la provocación policial sobre la cabeza de la manifestación jugó un rol fundamental, para justificar la represión posterior y ocultar la magnitud de una movilización que sumó varios centenares de miles de personas.

Pero también es notable el recorte descontextualizado de una situación que parece haber empezado el lunes en la Plaza al momento de volar la primera piedra, y terminó a las 19 hs cuando la policía retomó la ocupación del centro de la ciudad. Sin embargo, es indispensable mirar un poco para atrás –y hacia las horas posteriores- en el tiempo, y observar más ampliamente el espacio en que se desenvuelven los hechos.

 

En los días inmediatos anteriores.

Hubo un miércoles 13 por la tarde en que la pacífica y absolutamente masiva manifestación de los Movimientos Sociales intentó acercarse al Congreso, para expresar su rechazo a la anticipada convocatoria a sesión para el día siguiente. Sin mediar ninguna advertencia ni negociación previa, fue interceptada por carros hidrantes, mientras que un grupo de Diputados Nacionales que los acompañaban fueron golpeados y mordidos por perros de la gendarmería. El Gobierno en pleno y sus principales voceros aplaudieron este accionar con el argumento de que el estado tiene que garantizar el orden.

Hubo un jueves 14, en que un gigantesco operativo de la Gendarmería rodeó el Congreso desde la mañana, y reprimió sin miramientos a las columnas que intentaron a acercarse al Congreso, llevando adelante una cacería de militantes, muchos de los cuales huyeron y se dispersaron, y otros volvieron una y otra vez defendiéndose de los ataques que recibían produciéndose refriegas varias, en las que la desproporción de fuerzas entre unos y otros huelga cualquier comentario. Los integrantes del oficialismo que debieron suspender la sesión porque no tenían quórum, dijeron que las situaciones caóticas que se generaron adentro y afuera del recinto, eran parte de un plan orquestado.

Hubo un viernes, un sábado y un domingo, en que corrieron muchas versiones contradictorias provenientes del oficialismo, desde el DNU hasta la convocatoria al lunes a las 14. Una vez confirmada esta decisión, la tensión del gobierno estuvo centrada en la planificación de la represión y en la extorsión a los gobernadores para garantizar los votos que no tuvo el jueves. Ante la inminente sanción de una ley contradictoria y con aristas fuertemente polémicas su preocupación lejos estuvo de reforzar los argumentos para convencer, sino que se concentró  garantizar que las previsibles movilizaciones se mantuvieran lejos de los oídos de los legisladores. Como lo viene haciendo desde que asumió, el gobierno que presume de dialoguista convocó a reuniones con dirigentes políticos, sindicales y sociales opositores, para “garantizar el derecho pacífico a la protesta y el funcionamiento del Congreso”, pero como siempre estas conversaciones no arrojan ningún resultado. Para el lunes hubo algunos cambios que no surgieron de ningún “diálogo”. El primero y más notorio fue que el cerco al Congreso Nacional se impuso con más 24 horas de anticipación, y en algunos sectores se amplió respecto a la semana anterior. El segundo, fue el reemplazo de la Gendarmería por la Policía de la Ciudad, que cumpliendo con la ley y con una orden judicial directa, evitó ostentación de armas. El tercero, fue el anuncio que la conducción política de la represión pasaría de la Nación a la Ciudad.

 

Ante esto caben algunas preguntas.

¿Por qué los diputados deben sesionar cercados por la policía sin ningún contacto y proximidad con la ciudadanía?

¿Por qué en las reuniones previas con las organizaciones sociales y sindicales el gobierno no llevó ninguna propuesta que permitiera que los manifestantes pudieran seguir el debate afuera del recinto mediante pantallas, equipos de sonido u otros medios de fácil instrumentación?

¿Por qué todo se preparó para gasear, atacar con balas de goma, correr con carros hidrantes y meter preso, a todo aquél que quiera acercarse a menos de dos cuadras?

¿Por qué la represión volvió a dispersar a los manifestantes provenientes de todos los barrios de la CABA que estaban en la Plaza del Congreso a las tres de la mañana del día martes sin que mediara ninguna causa ni aparente ni real?

La única respuesta del gobierno es que hubo un intento destituyente. Y por estos días arrecian la presentación de “pruebas” que esto fue y es así. Un intento de saqueo en un supermercado por allá, una declaración de algún diputado por acá, o incluso la ausencia de expresiones contra los que arrojaron piedras el lunes pasado, serían manifestaciones de una conspiración que va saliendo a luz. Y tendrían la carnadura suficiente para acusar a legisladores y dirigentes de sedición. Lo cierto es que después de la represión del miércoles 13 y el jueves 14 los principales dirigentes de gremios y organizaciones sociales ratificaron la convocatoria a movilizarse masiva y pacíficamente. De eso no hay ninguna duda, está suficientemente documentado en los comunicados  y las declaraciones  previas.

Pero es obvio que después de la represión de esos días, los que decidieron volver a movilizarse, iban preparados para que la represión volviera a descargarse sobre ellos. Y fueron igual. Y fueron miles los que no dudaron en ponerse a la cabeza de las columnas, ocuparon el centro de la plaza y se acercaron a las vallas. Este gobierno y todos los anteriores saben perfectamente como operar si tienen la intención de descomprimir las tensiones, si quieren evitar incidentes y enfrentamientos en los momentos de mayor nerviosismo. Lo han hecho muchas veces, lo hacen cada vez que hay una movilización que puede generar problemas de este tipo. Y cuando las intenciones son genuinas el resultado siempre, siempre, es exitoso, evitándose las fricciones con las fuerzas de seguridad mediante el diálogo directo con los dirigentes. No existió ninguna comunicación desde el gobierno a los dirigentes que estaban en la Plaza, sólo hubo continuidad irrestricta del protocolo provocación-represión minuciosamente preparado en los días previos.

Los protocolos que encadenan la provocación policial con la represión no los inventó este gobierno. Tienen una larga historia en la Argentina, y los organismos de inteligencia de las fuerzas de seguridad aquilatan una extendida experiencia en su haber. Algunos los ejercen con torpeza extrema, como el famoso desembarco de Berni con la Gendarmería en la Panamericana, o los grupos que actuaron disfrazados de anarquistas en las movilizaciones por la aparición con vida de Santiago Maldonado. En otros casos logran mejor sus objetivos infiltrándose y generando disturbios desde adentro de las propias columnas de manifestantes sin que éstas puedan impedirlo. El lunes pasado la provocación principal vino desde afuera de los manifestantes, con los pequeños grupos de policías totalmente desprotegidos enviados adrede a atacar a los manifestantes, sin perjuicio que también estuvieran adentro (como un famoso barrabrava que aparece el día viernes en foto de la tapa de Clarín protagonizando los incidentes).

Así como la represión del miércoles y jueves de la semana anterior no impidió la gigantesca movilización del lunes, la batalla que se desató ese día y duró varias horas abarcando gran parte del centro de la CABA, no impidió que a partir de las 19 hs. miles de vecinos y vecinas de la Ciudad se movilizaran en las esquinas de muchos barrios, marchando masivamente al Congreso para protestar contra la reforma en curso. Las vallas seguían estando en el mismo lugar y muchos participantes de esta segunda oleada de movilización nocturna se acercaron e intentaron moverlas. No hubo un nuevo desastre como el de la tarde principalmente porque esta vez no hubo provocación policial.

El gobierno busca sacar réditos de una campaña mediática muy bien instrumentada acusando a la oposición de “conspiración”, “sedición” y otras pavadas, intentando amordazarla evitando que en sus discursos futuros se vuelvan a repetir los argumentos bien fundados, de que es el gobierno el que promueve la violencia con sus acciones políticas manifiestamente injustas e ilegítimas, con y las provocaciones y acciones policiales cada vez más ostensibles y repetidas.

La represión no provoca desmovilización, el gobierno debería tomar nota de este dato. No hay ningún dato en la historia de nuestro país que esto haya sucedido alguna vez, salvo en períodos transitorios como la última dictadura. Como esa no es una hipótesis posible en ningún escenario de los próximos años, mientras continúen las políticas antipopulares la resistencia no cederá.

 

[1] En las movilizaciones por la aparición con vida de Santiago Maldonado, hubo pequeños grupos que realizaron actos violentos contra bancos y comercios. Claramente sus integrantes no pertenecían a ninguna de las organizaciones convocantes, y fueron rechazados por los manifestantes.

Isaac Rudnik

 

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